
Estaba escrita en bolígrafo en un trozo de papel cuadriculado con letras mayúsculas: «Me sigo contrayendo.»
– ¿Y esto qué quiere decir? -preguntó Montalbano.
– ¿Me permite?
– Pues claro.
– Yo he pensado que, a lo mejor, este señor se ha equivocado al escribir.
– Ah, ¿sí?
– Pues sí, dottore. Quizá quería poner: «Me sigo contrariando.» A lo mejor está contrariado por algún motivo, qué sé yo, los impuestos, la mujer que le pone los cuernos, un hijo drogata, cosas por el estilo. Y entonces va y se desahoga.
– ¿Disparando contra peces y pollos? No, Fazio; aquí dice exactamente «contrayendo». Pero a partir de esta nota podemos intuir el contenido de la primera, la que no pudiste leer porque se había mojado. Aquí pone «sigo».
– ¿Y entonces?
– Significa que en la primera usaba un verbo del tipo «empezar» o «comenzar». «Empiezo a contraerme» o algo así.
– ¿Y eso qué significa?
– Vete tú a saber.
– ¿Qué hacemos, dottore?-preguntó Fazio, inquieto.
– ¿Esta historia te pone nervioso?
– Sí, señor.
– ¿Por qué?
– Porque es un asunto sin pies ni cabeza. Y a mí las cosas que no tienen explicación lógica me impresionan.
– No podemos hacer nada, Fazio. Esperaremos a que este señor termine de contraerse y entonces ya veremos. Pero ¿seguro seguro que el pollo no te apetece?
2
Había dormido bien; durante toda la noche, una ligera, saltarina y refrescante brisa que penetraba por la ventana abierta le había limpiado los pulmones y los sueños. Se levantó y fue a la cocina a prepararse un café. Mientras esperaba a que se filtrara, salió a la galería. El cielo estaba despejado y el mar, en calma y tan reluciente como si acabaran de darle una mano de pintura.
