Alguien lo saludó desde una barca y él contestó levantando un brazo. Entró de nuevo en la casa, se sirvió un tazón de café con leche y se lo bebió. Encendió el primer cigarrillo del día sin pensar en nada, lo apuró y luego se metió bajo la ducha. Se enjabonó a conciencia. Y en cuanto lo hubo hecho, ocurrieron dos cosas al mismo tiempo: se terminó el agua del depósito y sonó el teléfono. Soltando maldiciones y con riesgo de resbalar a cada paso debido al agua jabonosa que le chorreaba, corrió al aparato.

– Dotori, ¿es usted personalmente en persona?

– No.

– Pido pirdón, ¿no estoy hablando con el domicilio del dottori y comisario Montalbano?

– Sí.

– Pues intonces, ¿quién ha ocupado su lugar?

– Soy Arturo, su hermano gemelo.

– ¿De verdad?

– Espere que llamo a Salvo.

Era mejor tomarle el pelo de aquella manera a Catarella que tener un berrinche por la repentina falta de agua. Entretanto, al secarse, el jabón empezaba a provocarle escozor en la piel.

– Montalbano al habla.

– ¿Sabe una cosa, dotori?¡Tiene justo la misma voz que su hirmano gemelo Arturo!

– Suele ocurrir entre gemelos, Catarè. Pero ¿por qué hablas de esa manera?

– ¿De esa manera cómo, dotori?

– Por ejemplo, dices dotori en lugar de dottori.

– Anoche mi dijo un milanís de Turín que aquí tiníamos la jodida costumbre de hablar poniendo dos cosas, ¿cómo se llaman?, ah, sí, consonantaciones.

– Muy cierto. Pero ¿a ti qué coño te importa, Catarè? Los milaneses de Turín también cometen errores.

– ¡María Santísima, dottori, qué peso me ha quitado de encima! ¡Me costaba mucho hablar así!

– ¿Qué querías decirme, Catarè?

– Ha llamado Fazio que mi ha dicho que llamara, que han disparado contra el siñor Piero. Él ya viene para acá.



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