
– Dotori, ¿es usted personalmente en persona?
– No.
– Pido pirdón, ¿no estoy hablando con el domicilio del dottori y comisario Montalbano?
– Sí.
– Pues intonces, ¿quién ha ocupado su lugar?
– Soy Arturo, su hermano gemelo.
– ¿De verdad?
– Espere que llamo a Salvo.
Era mejor tomarle el pelo de aquella manera a Catarella que tener un berrinche por la repentina falta de agua. Entretanto, al secarse, el jabón empezaba a provocarle escozor en la piel.
– Montalbano al habla.
– ¿Sabe una cosa, dotori?¡Tiene justo la misma voz que su hirmano gemelo Arturo!
– Suele ocurrir entre gemelos, Catarè. Pero ¿por qué hablas de esa manera?
– ¿De esa manera cómo, dotori?
– Por ejemplo, dices dotori en lugar de dottori.
– Anoche mi dijo un milanís de Turín que aquí tiníamos la jodida costumbre de hablar poniendo dos cosas, ¿cómo se llaman?, ah, sí, consonantaciones.
– Muy cierto. Pero ¿a ti qué coño te importa, Catarè? Los milaneses de Turín también cometen errores.
– ¡María Santísima, dottori, qué peso me ha quitado de encima! ¡Me costaba mucho hablar así!
– ¿Qué querías decirme, Catarè?
– Ha llamado Fazio que mi ha dicho que llamara, que han disparado contra el siñor Piero. Él ya viene para acá.
