El hecho de que el Príncipe se pareciera, de manera sorprendente, al padre de Anna, impedía a Meg deshacerse de sus recuerdos agridulces, sobre todo porque era él quien le había regalado el libro. Éste le recordaba constantemente al hombre que con tanta facilidad le había hecho el amor a una Meg inocente, vulnerable y obnubilada. El hombre que la dejó embarazada. Pero, aun sin el libro, Meg no habría podido olvidar a Konstantino Rudenko, pues Anna era su vivo retrato.

Cada día que pasaba, descubría un nuevo parecido en sus rasgos. Todos los días la acosaban aquellos perturbadores recuerdos que se resistían a morir. Ciertas expresiones faciales, el modo en que Anna ladeaba la cabeza para escuchar algo que la interesaba… cualquier cosa evocaba recuerdos enterrados hacía mucho tiempo, a los que seguían oleadas de vergüenza y humillación, pues Meg sabía que había sido escogida, engañada y utilizada…

– ¡Mira, mami!

Los bailarines cosacos aparecieron para ejecutar su danza gimnástica y Anna, olvidando otra vez dónde estaba, empezó a tararear la música de las balalaicas y a dar golpecitos con los pies.

– ¡Silencio! -saltó la señora de delante, al tiempo que otras personas también se giraban.

Avergonzada, Meg abrazó a su hija más fuerte.

– No puedes ni hablar ni cantar -susurró entre los rizos morenos de Anna-. Estás molestando a los demás. Si vuelves a hacer ruido, tendremos que marcharnos.

– No, mami -rogó la niña con lágrimas en los ojos-. Todavía no ha salido el Príncipe. Te prometo que seré buena.

– Siempre dices eso, y luego se te olvida.

– No, de verdad -aseguró Anna con tanta seriedad que hizo sonreír a Meg.

Pero ella sabía que era casi imposible que su hija se estuviera callada hasta el final de la función.



2 из 122