– Tienes que estarte quieta.

– Está bien…

Anna le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla. Por un momento, su comportamiento modélico dio a Meg una falsa sensación de seguridad y ambas contemplaron maravilladas la historia que se desarrollaba ante sus ojos.

La sección de viento de la orquesta anunció la llegada de los soldados de juguete. Sin previo aviso, Anna se deslizó del regazo de Meg.

– ¡Ahí está el príncipe Marzipán, mami! ¿Lo ves? -gritó, extasiada, señalando al bailarín que dirigía la marcha. Absorta con el Príncipe, se olvidó de todo lo que la rodeaba, pero Meg vio la mirada furiosa de la mujer sentada delante de ellas.

Por fortuna, otros niños también se pusieron en pie, contribuyendo al bullicio creciente. Sus gritos y palmadas sofocaron la exclamación de Anna. Por el brillo de sus ojos, Meg se dio cuenta de lo que ese momento significaba para su hija, que se quedó de pie, embelesada, hasta que el Príncipe salió de escena tras vencer al rey Ratón.

En cuanto desapareció, Anna volvió a trepar a las rodillas de Meg.

– Mami -susurró-. Tengo que hacer ya sabes qué.

A Meg no la sorprendió. La emoción había sido excesiva y sabía que Anna no podría aguantarse hasta el final de la función.

– Está bien. No olvides tu libro -agarrando con una mano los abrigos y con otra a Anna, recorrió la fila hasta salir al pasillo central-. Despacio, cariño -advirtió mientras trataba de sujetar a Anna, que atravesó prácticamente corriendo el vestíbulo casi vacío hasta el servicio de señoras. Todavía iba hablando del Príncipe cuando salieron, unos minutos después.

– ¿Puedo ir a verlo cuando acabe la función, mami? -preguntó mientras hacían cola junto a la fuente antes de volver a entrar en la sala de conciertos.

– No creo que esté permitido.

– La señorita Beezley me dijo que sí.



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