Ella sacudió la cabeza, incrédula.

– Te lo estás inventando. Tienes que estar inventándotelo -murmuró, incapaz de concebir algo tan espantoso. Sin embargo, cuando se atrevió a mirarlo a los ojos, vio en ellos una desolación inexpresable, una pena que hizo que le diera un vuelco el corazón.

– Eso me decía yo mientras me llevaban cada vez más lejos de mi familia. Se hizo de noche y debieron de meterme en un establo, porque recuerdo que me arrojaron sobre un montón de paja y me dijeron que, si gritaba, me matarían, pero que, si me comportaba como un hombre, demostraría que era digno del gran honor que se me hacía: el honor de servir al Estado.

– ¡Oh, Kon! -ella se derrumbó, sobrepasada por la enormidad de lo que acababa de oír. Por un instante, la hostilidad que había entre ellos desapareció. Meg se convirtió en su hermana, en su madre, en su amante. Solo deseó reconfortar a aquel niño al que ya nadie podía consolar. Espontáneamente, apoyó la cabeza sobre el hombro de Kon y le murmuró palabras cariñosas e incoherentes, igual que hacía cuando Anna necesitaba consuelo.

– Había oído que esas cosas sucedían -musitó-, pero nunca quise creerlo.

– Yo lo había olvidado por completo -dijo él, apartando los mechones de pelo rubio de la cara de Meg y acunándola en sus brazos-, hasta que tú fuiste detenida. Entonces tu tristeza se convirtió en mi tristeza y no pude distinguir entre ellas, no pude establecer la diferencia. Estaba en mi mano mantenerte en la cárcel tanto como quisiera. Habías quebrantado la ley y merecías el castigo. Eso era lo que yo creía. Era parte de las tácticas brutales del KGB -dio un hondo suspiro-.



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