
Enfrentarse a sus propios gritos, a su propio dolor, le resultaba insoportable. Sin pensarlo, se lanzó sobre Kon, pero él paró la cinta.
– ¿Por qué tienes esa cinta? -ella lo agarró del brazo y lo sacudió, obligándolo a mirarla-. ¿Qué intentas hacer conmigo? ¿Cómo puedes ser tan cruel? -estalló.
Él la atrajo hacia sí, haciéndola sentarse sobre sus rodillas. Tomó la cara de Meg entre sus manos y le impidió que se levantara sujetándole las piernas entre las suyas. Con los pulgares, le limpió las pestañas húmedas.
– Cuando le dije a aquel guardia que me pusiera la cinta y escuché tus sollozos, aquello liberó en mí un recuerdo enterrado, tan profundamente en mi psique, que no supe que estaba ahí hasta ese instante.
Meg sintió el cálido aliento de Kon, pero estaba demasiado trastornada para darse cuenta de lo peligroso que era tenerlo tan cerca otra vez.
– ¿Qué recuerdo?
Kon se puso rígido.
– El recuerdo de una mañana helada en Siberia, en la que dos hombres llegaron a mi escuela y me dijeron que tenía que ir con ellos, que mi madre me necesitaba en casa. Yo tenía ocho años. Lo recuerdo muy bien porque mi padre, que era un artesano, me había fabricado un trineo para mi cumpleaños. Yo quería mucho a mi padre y estaba orgulloso de aquel trineo. Me lo llevé al colegio para jugar con él por el camino y enseñárselo a mis amigos. Cuando les dije a aquellos hombres que tenía que ir a buscar el trineo, ya que la maestra me había dicho que lo dejara en la parte de atrás de la escuela, me contestaron que no había tiempo, que lo recogería al día siguiente. Yo me enfadé, pero me preocupaba más que le hubiera ocurrido algo malo a mi madre. Me metieron en un trineo tirado por caballos y partimos en dirección opuesta a la de mi casa. Cuando les dije que íbamos por un camino equivocado, uno de aquellos hombres me dio una bofetada y me mandó callar. Me dijo que el Estado sería mi familia a partir de entonces. Que no volviera a hablar de mi familia o matarían a mi hermana y a mis padres -Meg soltó un grito involuntario, pero Kon no se dio cuenta. Siguió hablando con el mismo tono de voz, bajo y monótono-: Pero que, si era bueno, les dirían que había salido a patinar con mi trineo sobre el lago helado y me había caído al agua sin que nadie pudiera hacer nada para salvarme.
