Meg la abrazó más fuerte.

– Algunas veces los mayores no pueden cumplir sus promesas, Anna.

– Papá sí, porque es mi padre y me quiere -replicó la niña, casi llorando-. Date prisa, mami. Nos está esperando.

Anna se desasió del abrazo y salió corriendo, antes de que Meg pudiera impedírselo. Asustada, Meg agarró su bolso, cerró la puerta y corrió tras ella.

Por fortuna, las mañanas de domingo eran muy tranquilas en los alrededores de la urbanización, sobre todo en invierno. Meg se libraría de responder a preguntas incómodas como «¿por qué estás tan pálida, Meg?», «¿quién era ese hombre tan atractivo que estaba anoche en tu apartamento?» o «¿por qué está sentado en tu coche con Anna?».

Al verla, Kon salió del coche y la miró con los ojos entornados. Meg se alegró de no haberse molestado en arreglarse. Parecía que él estaba comparando a la cansada y angustiada madre con la apasionada y vivaz jovencita que había sido.

– Si prefieres conducir, yo me sentaré detrás -dijo él.

Parecía tan sensato que a Meg le flaqueó el ánimo.

– ¿Es que vas a dejarme decidir ahora, para variar? -Meg dio la vuelta al coche y se montó detrás.

Él le lanzó una mirada penetrante y se sentó al volante. Pocos segundos después, se pusieron en marcha.

Kon puso la radio. Estaban emitiendo villancicos y Anna se puso a cantar, para deleite de Kon. Meg podía ver su cara por el retrovisor. No pudo evitar emocionarse al ver la expresión de amor con la que, de vez en cuando, Kon miraba a Anna.

Mientras avanzaban, a Meg se le ocurrió que nunca antes había ido de pasajera en su propio coche. Era nuevo para ella estar sentada en el asiento trasero y dejar que Kon hiciera el trabajo. De mala gana, admitió que era un cambio agradable no tener que conducir, sobre todo teniendo en cuenta que las carreteras estaban heladas y que el viento sacudía el coche.



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