
La niña estaba empeñada en ir a ver dónde vivía su padre. Una vez que hubiera satisfecho su curiosidad, Meg le diría a Kon que tendría que hablar con su abogado si quería seguir viendo a Anna después de aquel día. Cualquier visita posterior tendría que ser en presencia de Meg.
No importaba que, de alguna forma, él se hubiera ganado la confianza del senador Strickland. Kon no estaba por encima de la ley.
Meg sintió tanta rabia que rompió un cordón de su zapato. Gruñó de frustración. Tendría que ponerse mocasines, en lugar de deportivas.
– Aquí tienes tu abrigo, mami. Papá está fuera, calentando el coche.
– Oh, qué considerado de su parte -murmuró con sarcasmo. Se indignó al pensar que había tomado las llaves del coche sin pedirle permiso.
– Papá dice que necesitas descansar. Así que conducirá él. Dice que trabajas demasiado y que ahora él cuidará de ti.
Meg no podía permitir que aquello continuara por más tiempo. Se abrochó el abrigo y se agachó para hablar con su hija, que llevaba abrazada a su muñeca.
– Cariño -acarició los rizos morenos que le caían sobre la frente-, sé que estás muy contenta por haber conocido a tu papá, pero eso no significa que vayamos a vivir todos juntos.
– Sí -afirmó Anna con total seguridad-. Le he dicho a papá que quiero una hermanita como la de Melanie. Y, ¿sabes qué? -abrió mucho los ojos-, me ha dicho que me dará una hermanita en cuanto os caséis la semana que viene. Quiere una familia muy grande.
Meg gimió y abrazó a su hija.
– Anna, no me voy a casar con tu padre.
– Sí -dijo la niña en tono confidencial-. Papá me lo sa dicho. Me ha prometido que se va a quedar para siempre con nosotras. No tengas miedo, mamá.
