Algo en su tono de voz le hizo pensar a Meg que había sufrido mucho.

– A nosotros nos gustas, papá -dijo Anna en defensa de su padre, dispuesta a perdonarle todo-. Te queremos, ¿verdad, mami?

– Y yo os quiero a vosotras -dijo él con voz profunda, impidiendo que Meg contestara-. Así que, para manteneros a salvo, tuve que cambiar de nombre.

Con una noticia tan importante que considerar, Anna se olvidó del villancico que empezaba a sonar en la radio.

– ¿Cómo te llamas ahora?

– Gary Johnson.

¿Gary Johnson? Meg tuvo que reprimir una carcajada. Ningún hombre en el mundo se parecía menos a un Gary Johnson que el agente del KGB Konstantino Rudenko. Era ridículo.

– ¡Así se llama un niño de mi clase! -gritó Anna, excitada-. Tiene el pelo rubio y una cacatúa. La señorita Beezley nos dejó llevar nuestras mascotas a clase y mami me ayudó a llevar mis peces.

Kon asintió, complacido por la respuesta de su hija.

– Hay miles de niños y hombres en Estados Unidos que se llaman Gary Johnson. Por eso lo escogí.

– ¿Y ya nadie quiere hacerte daño?

– Eso es. Tengo montones de nuevos amigos y vecinos y todos me llaman Gary o señor Johnson.

– ¿Yo puedo seguir llamándote papá?

Kon desabrochó el cinturón de seguridad de Anna y la sentó sobre sus rodillas para darle un beso.

– Tú eres la única persona en el mundo que puede llamarme papá, Anochka.

– Menos cuando tenga una hermanita.

– Eso es -murmuró él, abrazándola con fuerza.

Anna miró a Meg por encima del asiento. Sus ojos azules brillaban como gemas.

– Mamá, tienes que llamar a papá Gary a partir de ahora. No lo olvides -dijo, muy seria.

Sus palabras sonaron tan tiernas que a Meg le dio un vuelco el corazón y tuvo que apartar la mirada.

Siendo Kon como era, le sería imposible llamarlo Gary. En realidad, toda la situación era grotesca. Simplemente, no podría hacerlo. Pero realmente no importaba, porque solo lo vería en los días de visita y, entonces, no habría nadie a su alrededor.



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