Sintió sobre ella la mirada de Kon.

– Tu mamá siempre me llamaba «cariño», así que no creo que haya ningún problema.

Meg no podía soportar más aquella farsa. Se sentía como si hubiera envejecido cien años desde el ballet.

– Creo que va a estallar otra tormenta de nieve, Gary -bromeó-. Si vamos a ver tu casa, sugiero que nos movamos.

La sonrisa deslumbrante que le lanzó él, la hizo estremecerse.

– Parece que estás tan nerviosa como yo.

Puso a Anna en su asiento, le abrochó el cinturón de seguridad y volvió a poner el coche en marcha. Hannibal quedaba solo a siete kilómetros.

– Tengo muchas ganas de llegar a casa -le dijo Kon a Anna, acariciando sus rizos con la mano libre-. He estado muy solo sin mi niñita.

– Ahora estoy aquí, papá, y nunca volverás a estar solo, ¿verdad, Clara? -le preguntó Anna a su muñeca, a la que le había puesto el nombre de la niña de El cascanueces-. Clara también te quiere, papá.

– Me alegra saberlo.

Aunque lo intentó con todas sus fuerzas, Meg no pudo sustraerse al sonido de su voz profunda y a las miradas cariñosas que Kon intercambiaba con su hija. La generosidad de Anna hizo que a Meg se le pusiera un nudo en la garganta y pareció afectar a Kon de la misma forma, porque comenzó a murmurar en ruso palabras de cariño y agarró a Anna de la mano.

Había cumplido su objetivo. Anna nunca volvería ser solo de Meg. Ésta se llevó una mano al pecho, como si quisiera detener el dolor. ¿Qué iba a hacer?

Salieron de la autopista y entraron en la pequeña ciudad de Hannibal.

Meg no sabía cuáles eran los planes de Kon, pero imaginaba que las llevaría al centro de la ciudad, donde estaba la Casa Museo de Mark Twain.

Pero, en lugar de hacerlo, tomó un camino que pasaba por las casonas históricas, decoradas para la Navidad, hasta llegar a la famosa mansión Rockcliffe. Pasaron otra calle, giraron y entraron en una rampa de aparcamiento cubierta por la nevada nocturna.



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