– Todavía no, Anochka -respondió él, tranquilamente-. Primero, tu madre tiene que aceptar casarse conmigo. ¿Quieres que se lo pida ahora?

– ¡No! Por favor… -rogó Meg, pero Anna asintió solemnemente.

Meg pensó que se habría desmayado si Kon no hubiera estado tras ella, sujetándola firmemente.

– Meggie -él desatendió su súplica y murmuró algo, acariciándole el pelo con la barbilla-. Con la ayuda del senador Strickland, he hecho los preparativos para que nos casemos en privado aquí, en casa, el miércoles. Un amigo mío que es juez del Tribunal Supremo del estado nos casará, y Lacey y Walt serán los testigos. Solo falta que tú digas sí -le había puesto a Meg la soga al cuello y estaba apretando el nudo-. Quiero que seamos una familia. Anna no debería haber crecido sin su padre y no quiero que otro hombre la eduque. Es evidente que tú tampoco, o ya te habrías casado -era cierto, pero Meg moriría antes que admitió-. Puedes dejar tu trabajo en Strong Motors y descarte a Anna. Esta casa necesita una mujer, una esposa. Ni siquiera he querido poner un árbol de Navidad hasta que pudiéramos hacerlo juntos.

Hubo un largo silencio mientras Meg trataba de asimilar lo que él había dicho.

– Anna -dijo por fin con voz trémula-, necesito hablar con tu padre a solas. ¿Por qué no os vais Thor y tú al porche a ver a los cachorros? Pero no los toques.

– ¿Te vas a casar con papá? -insistió la niña con obstinación.

– Anna -dijo Meg con firmeza-, haz lo que te digo, por favor.

Pero la niña no le hizo caso y sus ojos se llenaron de lágrimas.

– Yo quiero vivir con papá. Tengo una habitación pintada de rosa y una cama con una tienda encima, y un espejo y una mesita y… ¡y todo!

– Anochka… -la reprendió su padre suavemente.

Fue suficiente para que la niña agarrara a Thor por el collar y saliera de la habitación.



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