De alguna forma, sin que ella lo notara, Kon le desabrochó el abrigo y la apretó contra su cuerpo. Sus manos recorrieron la espalda de Meg y sus dedos se introdujeron por debajo de la cinturilla de su falda para tocarle la piel.

Con un gemido desesperado, ella deslizó sus brazos alrededor del cuello de Kon y arqueó el cuerpo para sentir su calor. Sabía adonde los llevaba aquello, pero lo deseaba tanto que apenas se dio cuenta de que se escuchaban pasos y una vocecilla en la escalera.

Anna.

Meg no podía permitir que su hija los viera así. Intentó apartar a Kon, pero él, que no había oído a Anna, la besó con más fuerza, sofocando su grito de pánico. La besó con un deseo insaciable. Y, para vergüenza suya, Meg se abandonó, aunque Anna había entrado en el estudio, seguida del alegre Thor.

Mortificada por haber sido sorprendida, Meg trató de separarse de Kon y esperó el inevitable comentario de su hija. Pero, por una vez, Anna no dijo nada en absoluto.

El silencio debió alertar a Kon, que, con un suave gruñido, separó a regañadientes su boca de la de Meg. Sus ojos brillaron cuando observó los labios temblorosos de ella.

Como Kon parecía tan incapaz de hablar como su hija, Meg se dio cuenta de que le tocaba a ella distraer la atención de Anna.

Aprovechó la momentánea debilidad de Kon para separarse de él. Pero no estaba preparada para la sensación de pérdida que sintió en cuanto se desasió de su abrazo. Ni estaba preparada para la mirada curiosa de Anna, que le recordó a la de Kon. La misma mirada penetrante.

La presencia de Anna la hizo sentirse como una jovencita enamorada, a la que sus padres hubieran sorprendido en una situación embarazosa con su novio. Antes de que se le ocurriera qué decir, Anna tomó la iniciativa.

– ¿Estáis haciendo un niño?

Meg debía haber esperado algo así. Se le cortó la respiración cuando sintió las manos de Kon sobre sus hombros.



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