Un muchacho como Ya'kub, afirmaban, no se haría hombre hasta que no hubiera arriesgado la vida en aquellos desolados parajes de silencio y sufrimiento. Claro, que le decían esas cosas porque se rumoreaba que su padre, el Bey, preparaba a escondidas de toda su familia y de la corte una expedición hasta el fondo del Gran Mar de Arena, donde, era cosa sabida, había varios oasis perdidos llenos de agua, dátiles, camellos y fabulosos tesoros. Querían ver si provocaban en el chico alguna confidencia de algo que hubiera visto u oído en las habitaciones nobles del palacio, de algo que le hubiera susurrado el Bey. Nada hay más cotilla en el mundo entero que un cairota.

El más truculento de todos los servidores de la casa de su padre era el viejo Mahmud, un tipo enorme cuyas ropas estaban tan manchadas de lamparones y restos de comida que resultaba difícil aventurar su color originario. Mahmud, que había nacido en el barrio antiguo de El Cairo, casi a tiro de piedra del nilómetro, llevaba en la casa más años que el propio Bey. Para hacerle sus confidencias a Ya'kub se sentaba frente a él en un taburete con las piernas abiertas y así acomodaba su desproporcionada barriga entre los pliegues de su galabía; casi le llegaba al suelo. Abría mucho sus ojos saltones, se recolocaba el pequeño solideo de algodón blanco sobre la coronilla y acercaba su cara a la del muchacho, asaltándole la nariz con un aliento ácido y fétido a comida rancia. Entonces, bajando la voz, le espetaba:

– Ah, los senussi, Ya'kub, que no sea un senussi el que te encuentre a solas y acabe con tu vida… Morir de un disparo de fusil es malo, pero perder todos los atributos por el tajo de un viejo cuchillo del desierto -levantaba dramáticamente las cejas-, todos los atributos de tu hombría, eh, antes de perder la vida es aún peor. Peor que enfrentarte a un mameluco borracho en la Ciudadela. -Y sacudía la cabezota con solemnidad de arriba abajo mientras se rascaba con energía la barba de tres o cuatro días con el mismo ruido rasposo que si hubiera estado pasando un serrucho por alambre de espino.



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