
El más truculento de todos los servidores de la casa de su padre era el viejo Mahmud, un tipo enorme cuyas ropas estaban tan manchadas de lamparones y restos de comida que resultaba difícil aventurar su color originario. Mahmud, que había nacido en el barrio antiguo de El Cairo, casi a tiro de piedra del nilómetro, llevaba en la casa más años que el propio Bey. Para hacerle sus confidencias a Ya'kub se sentaba frente a él en un taburete con las piernas abiertas y así acomodaba su desproporcionada barriga entre los pliegues de su galabía; casi le llegaba al suelo. Abría mucho sus ojos saltones, se recolocaba el pequeño solideo de algodón blanco sobre la coronilla y acercaba su cara a la del muchacho, asaltándole la nariz con un aliento ácido y fétido a comida rancia. Entonces, bajando la voz, le espetaba:
– Ah, los senussi, Ya'kub, que no sea un senussi el que te encuentre a solas y acabe con tu vida… Morir de un disparo de fusil es malo, pero perder todos los atributos por el tajo de un viejo cuchillo del desierto -levantaba dramáticamente las cejas-, todos los atributos de tu hombría, eh, antes de perder la vida es aún peor. Peor que enfrentarte a un mameluco borracho en la Ciudadela. -Y sacudía la cabezota con solemnidad de arriba abajo mientras se rascaba con energía la barba de tres o cuatro días con el mismo ruido rasposo que si hubiera estado pasando un serrucho por alambre de espino.
