Ya'kub, poco acostumbrado a la fantasía egipcia, lo miraba lleno de asombro e inquietud y quería que no parara de contarle todas aquellas cosas. Apenas si conseguía disimular su excitación. Se imaginaba corriendo aventuras sin cuento, perdido en el desierto, luchando contra crueles enemigos, arrastrándose sediento por los cauces resecos de los wadis, pero acabando por salvar a la princesa a la que había ido a librar del cautiverio en un oasis escondido y misterioso. Poco imaginaba lo que habría de ser aquella expedición.

– Pero ¿tú los has visto?

– A quién.

– Pues a los senussi.

Mahmud dudaba un momento.

– No, claro -añadía después sin inmutarse-, no estaría aquí vivo hablándote de estas cosas, alhamdulillah.

Y así, el día de su cumpleaños, Ya'kub pidió a su padre, el Bey, que lo llevara al desierto. No se hubiera atrevido de no ser porque, cuando almorzaban los dos solos, sentados a la larga mesa del comedor de gala (una excepción debida a la trascendencia del momento), el Bey le preguntó qué era lo que más le apetecía hacer en esa fecha tan importante, la primera que celebraba con él.

Tampoco se habría atrevido a pedirlo si no hubiera mediado la calurosa sonrisa con la que lo miró su padre. Bajó la vista al plato que tenía delante y con el tenedor jugó a disimular, empujando el tahiné cubierto de aromático sinibar, o, lo que es lo mismo, una vinagreta cuyo ingrediente principal es el ajo derramado en grandes cantidades por encima de la pasta de sésamo y garbanzos.

En la cocina de la casa trabajaban seis o siete cocineros. Al principio, los platos que luego llegaban a la mesa servidos por tres nubios altísimos se le habían hecho a Ya'kub raros y hasta poco apetitosos por lo exóticos y por las especias con las que habían sido cocinados. Pero como, de todos modos, no se habría atrevido a protestar, pronto se acostumbró a ellos y a aquellos sabores tan diferentes de los de su Inglaterra natal.



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