
El Bey se había asegurado de que Nicky Desmond tuviera medio vagón para él solo con doble compartimento-cama, baño y salón, y, en efecto, enseguida pudieron ver, asomado a una de las ventanillas, el rostro siempre solemne del Mayor, impecablemente afeitado y con una grave sonrisa iluminándole las facciones.
No venía solo, sin embargo. Asomada junto a él había una mujer morena, más pizpireta que guapa, con los ojos escondidos detrás de unas grandes gafas oscuras y la boca pintada de carmín vivo. Contrariamente a lo que era costumbre en las europeas, no llevaba sombrero, sólo el pelo negro y corto, con los rizos, ésos sí a la moda, agitándose al viento.
El Bey, que había levantado una mano en señal de saludo, mandó a dos porteadores que subieran al vagón y se hicieran cargo de los equipajes mientras amigo y acompañante bajaban al andén.
– ¡Nicky! -dijo con calor-. ¡Bienvenido a El Cairo! Hacía tiempo que te esperábamos. -Y estrechó ambas manos con las suyas.
– ¡ Ahmed! ¡Por fin! -respondió Desmond con su modo tan peculiar y solemne de hablar. A Ya'kub se le llenaron los ojos de lágrimas al reconocer aquella voz, que era la de la familia dejada atrás, la del hogar de toda su niñez. Se pasó las manos por las mejillas para que nadie se lo notara-. Al fin he llegado, amigo mío. ¿Y este joven? -preguntó fijando la mirada en Ya'kub-. ¡No puede ser Jamie! Hace un año, Ahmed, te dejé un niño y me devuelves un hombretón. Ven que te vea, jovencito… ¡Cómo has crecido! -Y extendiendo una mano, estrechó la de Ya'kub.
