La llegada de Nicky Desmond aquella misma tarde en el tren de Alejandría fue para Ya'kub el acontecimiento sentimental que necesitaba para olvidar por unas horas sus males de amores. O al menos para empujarlos al fondo de sus emociones, convirtiéndolos en dolores sordos, inquietantes hasta que se recordaban.

Padre e hijo acudieron a la estación de Bab el-Hadid y se colocaron en el andén a la altura de donde debía parar el vagón de primera clase, separados del resto de la gente por una barrera infranqueable de policías armados con varas flexibles con las que fustigar a los que, llevados por la emoción de la espera, se extralimitaran. Los privilegios de clase tenían sus ventajas. Por un momento, Ya'kub pensó que el Bey ni siquiera veía al resto de la gente, que todos aquellos miserables no existían para él, pero luego recordó sus miradas de hielo a los miembros de su propia familia cuando merecían su desprecio y la delicadeza con que trataba a sus beduinos y a los nubios, al gordo Mahmud y a los suyos y comprendió que era perfectamente capaz de distinguir entre unos y otros. Tal vez la cosa fuera más sutil: el Bey se sabía parte de un estamento privilegiado pero no displicente. No había personas y «chusma», como la llamaban en la corte del rey Fuad, había almas refinadas y gente simple. En esa distinción no cabía el desprecio. Pensaba Ya'kub.

El convoy entró en la estación soplando por los cuatro costados, soltando vapor y carbonilla, pero yendo tan despacio que cualquiera habría podido subirse o bajarse en marcha con la misma facilidad que usaban las escaleras de su casa. De hecho, a medida que los vagones alcanzaban el principio de los andenes, decenas de personas se descolgaban de sus portezuelas abiertas, alejándose después como si tal cosa, con sus fardos ya en equilibrio sobre sus cabezas o sus maletas de cartón atadas con cordeles de esparto precariamente abrazadas al pecho.

Los coches de segunda clase iban ocupados por funcionarios egipcios vestidos con trajes y chalecos arrugados y no muy limpios, pero iguales a los de los británicos a quienes imitaban.



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