
Su brillante inteligencia, su generosidad, su fortuna asentada en el patrimonio familiar sumada a la de dos matrimonios sucesivos muy ricos, una especie de genio gracias al cual fructificaba todo lo que caía en sus manos, y también su fidelidad a la causa real durante la Fronda, se añadían al hecho de que había sabido salvar la fortuna de Mazarino; todo ello le valió convertirse en superintendente de las Finanzas de Francia, procurador general del Parlamento de París, y señor de Belle-Isle, que había comprado dos años antes a unos arruinados Gondi, además de varios otros lugares. Su castillo de Saint-Mandé, donde se complacía en reunir a artistas y poetas como invitados permanentes, era tal vez el más agradable de los alrededores de la capital, pero corría la voz de que aquel pequeño paraíso iba a verse eclipsado muy pronto por el que Fouquet se estaba haciendo construir en su vizcondado de Vaux, cerca de Melun: un verdadero palacio en el que se concentraba todo el saber de varios jóvenes genios descubiertos por Fouquet en materia de arquitectura, decoración, pintura, escultura, jardinería y todas las artes posibles e imaginables. Una mansión de ensueño que no dejaba de suscitar la envidia de algunas personas, empezando por la del otro hombre de confianza de Mazarino, un tal Colbert, procedente de una familia de mercaderes y banqueros de Reims, que tanto en lo físico como en lo moral era lo opuesto al superintendente: tan rígido, áspero, severo, pesado y sombrío como Fouquet era ágil, diplomático, elegante, refinado y seductor. No eran comparables más que en dos aspectos: la inteligencia y el hecho de que ambos eran adictos al trabajo. Entre los dos se había establecido un verdadero duelo, un combate con armas aún embotonadas que el cardenal atizaba discreta pero malignamente con el objeto de dominarlos mejor. El lema «Divide y vencerás» habría ido como anillo al dedo al astuto ministro, que después de amasar él mismo una fortuna excesiva, veía con malos ojos brillar en su cénit el astro del superintendente.