— Me alegra que participéis en la aurora de un reinado. Sois demasiado joven para pertenecer por entero al antiguo.

— ¿Joven? ¡Voy a cumplir treinta y ocho años, Marie!

— ¡Sé lo que digo! Tenéis una tez perfecta, ni una sola arruga, y el talle de una muchacha…

— ¡Hay que pensar en los vestidos sin perder un momento! -interrumpió Fouquet-. Sé de quién os cortará unos admirables.

— ¡Ya asoma la nariz el rey del buen gusto! -bromeó Sylvie-. Querido amigo, sabéis muy bien que he jurado no volver a llevar ropa de color, y guardar luto el resto de mi vida.

— También Diana de Poitiers guardó el de su anciano marido el senescal de Normandía, y eso no le impidió ser la amante oficial de Enrique II hasta la muerte de éste. No en vano habéis crecido en el castillo de Anet. Debo añadir que no es una mala elección: pueden hacerse grandes cosas con el negro, el blanco, el gris y el violeta. ¡Dejadme a mí, y os prometo un éxito clamoroso!

— No es lo que busco. Sólo deseo estar… decorosa. El rey aprecia la elegancia, pero también la mesura.

— Estaréis encantadora… y sin ostentación. Pero tengo que volver a París de inmediato. Diré a mi gente que prepare el equipaje.

— ¿Cómo? ¿Tan pronto?

— No hay tiempo que perder. Todos los sastres de París se han puesto ya a trabajar. ¡Os veré de nuevo en Conflans!

— Pero…

— ¡Dejadlo! -intervino Perceval, hasta entonces en silencio-. ¡Le hace tan feliz ocuparse de vos! Admito que lleva un poco lejos su gusto por el lujo, pero es un amigo muy fiel.

En un instante el castillo, apaciblemente adormecido bajo el frescor húmedo y suave de una noche de abril, se revolucionó, porque Nicolas Fouquet se había convertido en un gran señor que generaba mucho ruido a su alrededor.



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