Desde la muerte de Jean, había tomado a Sylvie a su cuidado y pasaba la mayor parte del tiempo a su lado, de modo que sólo durante cortos períodos volvía a su casa de la Rue des Tournelles, celosamente guardada por Nicole con la ayuda de Pierrot, que se había convertido en un mozo alto y fuerte. La rica biblioteca de los duques de Fontsomme le consolaba del hecho de pasar tanto tiempo lejos de la suya. Su ahijada y los niños, por los que sentía el cariño de un abuelo y que le trataban como a tal, tenían un valor muy superior a sus ojos. Además, al instalarse junto a Sylvie había posibilitado por fin la boda de Jeannette con Corentin, nombrado ahora intendente de las propiedades de la familia. El matrimonio no había tenido hijos, y el disgusto por ello se había convertido en una dedicación mayor a la joven Marie y al pequeño Philippe. Todos ellos -incluidos Marie de Schomberg y los Fouquet- formaban en torno a Sylvie un círculo de afecto vigilante que la preservaba de nuevos sinsabores de la vida. En ese refugio vino a abrir una brecha la orden real. Quedaba por ver qué clase de vientos penetrarían por ella.

Al día siguiente por la mañana, los invitados de Fontsomme se dispersaron. El mosquetero real, que se llamaba Benigne Dauvergne, Monsieur de Saint-Mars, volvió a tomar el camino de Aix; la mariscala de Schomberg, en lugar de volver a Nanteuil, marchó a La Flotte a visitar a su abuela enferma, en tanto que Sylvie y Perceval, dejando a un Philippe malhumorado al cuidado del abate de Résigny y Corentin Bellec, regresaron, la una a su casa de Conflans, junto al bosque de Vincennes, y el otro a su hôtel de la Rue des Tournelles, para preparar el viaje. Jeannette acompañaba a la duquesa.

— No estoy dispuesta -confió a su marido- a dejarla volver sin protección a una corte que no debe de valer mucho más que la de antes.

— No busques excusas. Estás encantada de poder ver de cerca las fiestas de la boda, y es muy natural -replicó él con una sonrisa.



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