
— Es verdad… y además no me gusta que esté lejos de mí. Éramos ya hermanas de leche, pero desde el día en que el abominable Laffemas, ¡así arda en el infierno toda la eternidad!, asesinó a nuestras madres, estamos unidas por algo más.
— El afecto, supongo. Sé muy bien -suspiró Corentin- que no hay que hablar mal de los muertos, pero respiro con más gusto desde que desapareció ése.
— Sobre todo porque ha tenido la suerte que se merecía, después de todos los tormentos que disfrutaba haciendo pasar a la gente.
En efecto, un atardecer de invierno, cuando la Fronda vivía sus últimos meses, los servidores del que fue llamado en otra época Verdugo del Cardenal de Richelieu, se refugiaron espantados en la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre, diciendo que el diablo había venido a buscar a su amo y le hacía sufrir los tormentos de una horrible agonía después de encerrarse con él en su habitación. Algunos vecinos se unieron a ellos y todos pasaron la noche rezando sin que nadie se aventurase a ver qué pasaba exactamente. Por la mañana, cuando, formando ya un grupo nutrido, se arriesgaron a volver al lugar, el espectáculo que descubrieron era abominable: sobre la cama, manchada de sangre y flema, el cadáver desnudo y casi negro aparecía retorcido por los últimos espasmos de una agonía espantosa. El rostro deformado y los ojos desorbitados reflejaban un terror sin nombre. Además, un gran sello de lacre rojo con la letra omega impresa en medio de la frente, y el goteo de cera ardiendo por todo el cuerpo daban al cadáver un aspecto particularmente macabro. Nadie quiso tocarlo y fueron a buscar a los frailes de la Misericordia con cubos de agua bendita para proceder al entierro del antiguo teniente civil que había aterrorizado París y las provincias durante años. Todo el pueblo coincidió en que estaba ya Condenado envida. El mismo día, en el Pont-Neuf, a la hora de mayor afluencia de gente, un hombre vestido de negro con el rostro oculto por una máscara grotesca saltó a lo alto del pedestal de la estatua de Enrique IV y proclamó que él, el capitán Courage, había hecho justicia con el infame torturador de mujeres, y luego saltó el parapeto, se disparó un pistoletazo en la cabeza y cayó al Sena.
