Perceval de Raguenel y su amigo Théophraste Renaudot, el gacetista, se habían esforzado la noche siguiente en recuperar el cuerpo de aquel extraño personaje que había sido un amigo fiel, pero no lo consiguieron y se contentaron con dedicarle algunas misas.

Antes de dejar París, Sylvie hizo dos visitas: la primera al convento de la Rue Saint-Antoine, donde su hija acogió con más entusiasmo aún que Philippe el nombramiento de su madre en la corte de la nueva reina. Próxima ya a cumplir los catorce años, Marie soñaba con ver mundo, la corte y sobre todo al rey, del que buena parte de sus compañeras pensionistas estaban enamoradas. Desde hacía más de un año, aquellas señoritas seguían apasionadamente el romance surgido entre el joven rey y María Mancini, una de las sobrinas de Mazarino, que había vivido con una de sus hermanas en la Visitation, donde habían dejado un recuerdo imborrable por sus travesuras y su costumbre de vaciar los tinteros en las pilas de agua bendita de la capilla. La joven italiana se había convertido de golpe en la heroína del convento, y todas se disputaban las informaciones sobre la marcha de su aventura. Se sabía que el cardenal había exiliado a sus sobrinas en Brouage. Cada cual añadía nuevos detalles a la escena de la despedida, en la que María, furiosa y desesperada, había dicho a Luis XIV: «¿Vos sois rey y os limitáis a llorar cuando me voy?» Incluso se cruzaban apuestas sobre si el rey conseguiría recorrer todo el calvario que le aguardaba hasta la boda con la infanta, o bien, incapaz de resistir a su pasión, acabaría por imponer su voluntad de casarse con la que amaba.

El hecho de que su madre fuera invitada a Saint-Jean-de-Luz llenó de alegría a la adolescente:



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