
— Sobre gustos no hay nada escrito. En particular en el amor, pero ¿por qué pelearse? ¿Es que ese joven hace de árbitro de los combates?
— Está a cien leguas de sospechar nada, pero esas señoritas han decidido que será de la una o de la otra. Se lo juegan a los dados, y la perdedora tendrá que retirarse a un convento. Pero como la suerte es variable, acaban siempre por pelearse. Resulta fastidioso, sobre todo porque a la mayor, Marie-Jeanne-Baptiste, se le ha presentado un pretendiente…
— ¿Ya?
— Tiene dieciséis años, y el novio no es de desdeñar, porque se trata de nuestro joven primo Charles-Léopold, el heredero de la Lorena.
— ¿Qué opina vuestra madre?
— Ya la conocéis. Dice que hay que dejarlas tirarse del moño tanto como les apetezca, dado que con ello no se desfiguran y que no habrá problema hasta que el joven Caumont no se presente a pedir la mano de una de las dos, lo que no ocurrirá nunca. Pero a pesar de todo, este asunto me atormenta, y me siento envejecer día a día…
Lo peor es que, en efecto, envejecía. A los cuarenta y seis años, la pobre mujer parecía tener quince más y apenas quedaba recuerdo de la bella muchacha rubia, tan jovial, con tanta alegría de vivir, que había sido para Sylvie una compañera de infancia llena de afecto. Es cierto que desde su boda con Nemours había sufrido mucho, primero debido a la indiferencia casi total de un esposo al que amaba, después por la muerte de sus tres hijos varones, y finalmente por la de su esposo a manos del hermano al que adoraba. Le quedaban aquellas dos hijas, y parecían darse todas las molestias del mundo para aumentar sus penas.
— Tranquilizaos, amiga mía, y pensad un poco en vos misma. Pienso, igual que Madame de Vendôme, que el matrimonio arreglará todos los problemas de vuestras hijas. Tenéis que intentar recobrar vuestra serenidad de otro tiempo.
