
La duquesa Françoise, siempre fiel a ella misma, velaba de lejos por él, como por todo su pequeño mundo. Junto a ella, en su ternura y en su profunda fe religiosa, había encontrado la serenidad la pobre Elisabeth. Las dos dedicaban gran parte de su tiempo a la caridad, si bien Madame de Nemours no tenía bastante ánimo para acompañar a su madre a los lugares de perdición en los que ésta continuaba, a pesar de su edad, esforzándose en socorrer a las mujeres de mala vida.
Cuando Sylvie llegó al hôtel de Vendôme, la duquesa no estaba. En esta ocasión no se encontraba en un burdel ni en un tugurio. Por una Elisabeth visiblemente muy afligida, la visitante supo que la duquesa había ido a Saint-Lazare a ver a Monsieur Vincent, cuya salud era motivo de graves inquietudes. Medio paralítico, el apóstol de todas las miserias se acercaba a su fin, sin perder por ello la alegre serenidad que le acompañaba en todas las circunstancias.
Las palabras desoladas de Madame de Nemours contrastaban con el estrépito que reinaba en la casa, por la que parecía correr un tropel de gatos enfurecidos.
— No os preocupéis -explicó Elisabeth con una sonrisa de excusa-. Son mis hijas… Desde hace ocho días no paran de pelearse.
Y como Sylvie, sin atreverse a preguntar, no pudo impedir levantar una ceja interrogadora, añadió:
— Las dos se han enamoriscado del sobrino del mariscal de Gramont, el joven Antoine Nompar de Caumont,
Sylvie pensó que el mal gusto familiar podía ser hereditario, porque la propia Elisabeth había mostrado una acusada inclinación por el abate de Gondi en la época en que todavía no era cardenal de Retz; pero se contentó con observar:
