En aquella época, Marie de Montbazon, viuda desde hacía pocos meses del duque Hercule, muerto a los ochenta y seis años después de no haber contado apenas nada en su vida, compartía sus favores entre Beaufort, cuyo exilio alegraba en ocasiones, y un joven abate de la corte, Jean-Armand Le Bouthillier de Raneé. Era uno de esos abates de broma que florecían en las grandes familias, menos preocupado de servir a Dios que de cosechar algunos ricos beneficios eclesiásticos. El abate de Raneé, jugador, espadachín, bebedor, mujeriego y por otra parte muy guapo, se había encaprichado de la bella Marie a pesar de la diferencia de edad, y parecía que ella había conseguido fijar su corazón hasta entonces voluble. Era por otra parte una especie de vecino rural tanto de ella como de Beaufort, con quien cazaba en ocasiones, porque su castillo de Veretz no estaba muy lejos de Montbazon ni de Chenonceau.

En marzo de aquel año, Madame de Montbazon regresaba a París para solucionar un asunto intrascendente, cuando, al cruzar un puente, éste, muy antiguo y minado por las crecidas, se derrumbó. La sacaron de entre las ruinas, más muerta que viva. Transportada a París, contrajo un sarampión que muy pronto se reveló gravísimo. Supo entonces que debía pensar en hacer las paces con el Cielo. Hay quien dice incluso que no le dio tiempo y que la muerte la sorprendió en plena desesperación de abandonar la vida.

Mientras tanto el joven Rancé, informado del accidente y la enfermedad, acudió desde Turena para llevarle el consuelo de su amor. Agotado por el largo viaje a caballo, llegó al caer la noche a la Rue de Bethisy, donde se encontraba el hôtel de Montbazon. Una mansión que no le gustaba porque en la noche de San Bartolomé habían asesinado allí a Coligny. En esta ocasión le pareció más siniestra que de costumbre.



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