Sin embargo, las puertas están abiertas. Con la fiebre nacida de su fatiga, Rancé ve moverse formas vagas de servidores. ¿Dónde está la duquesa? En su alcoba, esa habitación que tan dulce le ha resultado en ocasiones. Corre, empuja la puerta y de inmediato cae de rodillas, sobrecogido por el horror de la escena. Hay un ataúd abierto iluminado por grandes cirios de cera amarilla. Un ataúd que contiene un cuerpo sin cabeza: ¡el cuerpo de Marie! La cabeza, con los ojos cerrados, reposa al lado, sobre un cojín. ¿Puede concebirse una pesadilla más espantosa? Por un momento, un largo momento, el infeliz cree haberse vuelto loco.

Pero no está loco, ni sueña. Existe una explicación para ese horror, siniestra pero muy sencilla: cuando el ebanista entregó el ataúd de madera preciosa, se dieron cuenta de que era demasiado corto: el artesano no había tenido en cuenta la graciosa longitud del cuello. Entonces, para no rehacer un mueble tan caro, el cirujano-barbero de la casa había recurrido al sencillo trámite de cortar la cabeza.

Fue un hombre distinto el que salió aquella noche del hôtel de Montbazon. El abate de corte acababa de morir, para dejar su lugar a un sacerdote perseguido por el remordimiento y la vergüenza de su vida pasada. Volvió a marchar a Turena, vendió sus bienes y sólo conservó la más miserable de sus abadías, un conjunto de edificios ruinosos erigidos en una región pantanosa, que con el tiempo convertiría en el más severo y duro monasterio francés: Notre-Dame-de-la-Trappe.

Sylvie se enteró de la horrible historia por la duquesa de Vendôme. A su vez, ésta la sabía por su hijo François, al que Raneé, ya en la senda del arrepentimiento, había ido a visitar a Chenonceau. La familia llevaba entonces luto por la joven duquesa de Mercoeur, pero el de Beaufort fue doblemente severo, y en el fondo de su corazón Sylvie le amó un poco más sin darse cuenta. Había detestado a Marie de Montbazon con toda la fuerza de los celos porque había podido sondear la profundidad y la sinceridad de su amor por François, pero no le habría gustado que éste no sintiera un dolor auténtico por una unión que había durado quince años…



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