
Al dejar París, Sylvie y Perceval tenían garantizado un apartamento que les esperaba y que ningún príncipe o cortesano, por rico que fuera, podría arrebatarles.
— Eso dice mucho en favor de la fuerza de carácter de nuestro futuro anfitrión -observó el caballero de Raguenel-. La ciudad debe de haber sido tomada por asalto por todas las personas a las que no seduce la idea de acampar en la playa. ¡Bien es verdad que Fouquet ya nos ha dado más pruebas de su generosidad!
El viaje, acompañado por un tiempo radiante, encantó a Sylvie, que nunca había recorrido más caminos que los que llevaban a las tierras de Vendôme, los de Picardía y los de Belle-Isle. Además, no había que temer a la soledad: se habría dicho que todas las personas mínimamente ilustres o adineradas del reino se habían puesto al mismo tiempo en camino hacia la costa vasca. Ni siquiera las tierras menos hospitalarias, como las landas arenosas y pantanosas del sur de Burdeos, presentaban el menor peligro: de forma natural se juntaban para cruzarlas grandes caravanas de carrozas y jinetes. Un día, incluso, viajaron con un grupo de peregrinos que se dirigían a Compostela, a rezar ante el sepulcro del apóstol Santiago. Tenían que atravesar un bosque espeso y aquel puñado de personas — ¡los tiempos de las grandes peregrinaciones ya habían pasado!- solicitó la protección que representaban varios coches acompañados por criados bien armados.
Para su regreso a la nueva corte, sin duda joven y alegre, Madame de Fontsomme no podía soñar nada mejor que Saint-Jean-de-Luz. El lugar era magnífico, con su bahía luminosa adosada a los verdes contrafuertes de los Pirineos. Además, volvió a encontrarse allí con el océano que tanto amaba. ¿No era acaso el mismo que bañaba Belle-Isle? Ejecutó para ella bajo el sol su danza más hermosa, con grandes olas nobles y majestuosas, y acarició su rostro con un aire cargado de yodo, que ella reconoció con delicia.
