Sin embargo, ella misma deseaba olvidarla lo antes posible.

2. El chocolate del mariscal de Gramont

Alojarse en Saint-Jean-de-Luz cuando la casa del rey, la de su madre, la del cardenal Mazarino y buena parte de la corte habían caído sobre la pequeña ciudad marítima, representaba una especie de hazaña. Sin embargo, Sylvie y Perceval no encontraron la menor dificultad en conseguirlo, siempre gracias a Nicolas Fouquet. Cuando supo que sus amigos iban a asistir a las bodas reales, el todopoderoso superintendente envió un correo a su amigo Etcheverry, uno de los armadores de balleneros. Sus relaciones se habían estrechado el otoño anterior cuando Fouquet, advertido de que Colbert preparaba contra su gestión un memorial funesto destinado a Mazarino, había podido conocer el contenido del mismo gracias a su amigo Gourville y se había lanzado de inmediato a la carretera para reunirse con el cardenal en el otro extremo de Francia y ganar por la mano a Colbert desmontando las acusaciones del famoso memorial. En efecto, desde comienzos de verano Mazarino se encontraba en Saint-Jean-de-Luz para discutir con el plenipotenciario español, don Luis Méndez de Haro, las cláusulas del tratado de los Pirineos y preparar las bodas reales que habían de ser su coronación. Fouquet estaba enfermo y Mazarino, cada vez más achacoso, apreció el coraje del superintendente como hombre que sabía bien lo que significa forzar un cuerpo agotado; de modo que el memorial fue arrojado al mar. Pero, durante esa estancia en que su vida estaba en juego, Fouquet apreció en su justo valor la hospitalidad de la casa Etcheverry



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