Pero mientras mordisqueaba un mazapán, la sensible nariz de Sylvie tembló ligeramente en su intento de identificar un olor agradable y absolutamente desconocido. Su curiosidad pudo más que el código de las conveniencias.

— Perdonadme, señor -dijo a su anfitrión-, pero noto un aroma que…

Manech Etcheverry sonrió, divertido.

— Que no conocéis, y que yo mismo he descubierto hace muy poco. Se trata del chocolate del señor mariscal de Gramont, que se aloja también en mi casa los días en que encuentra más cómodo no regresar a su gobierno de Bayona. Es una bebida que tuvo ocasión de probar en el curso de su embajada en España para pedir la mano de la infanta…

— El cho…

— Chocolate, señora duquesa. El señor mariscal se ha convertido en un entusiasta y se ha traído una buena provisión… además de la receta para prepararlo.

— ¿Lo habéis bebido vos?

— Sí. El mariscal me ha hecho ese honor, pero confieso que no me gusta tanto como a él. Es terriblemente dulce, pero aseguran que es excelente para la salud. Fortalece…

— Oh -intervino Raguenel-, creo saber de qué se trata. Los aztecas lo llamaban «néctar de los dioses», y fue el conquistador Hernán Cortés quien lo trajo de México. Al parecer allí esas… grandes habas, creo, eran utilizadas como moneda. Un producto raro… ¡y muy caro!

— España está creando plantaciones al otro lado del Atlántico, pero por el momento el chocolate está prácticamente reservado a la familia real y a la alta nobleza. Sobre todo a las damas…

— Eso quiere decir -dijo Sylvie entre risas-, que el pobre mariscal no lo beberá muy a menudo, ni mucho tiempo…



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