
— Sí, porque a nuestra futura reina le gusta mucho y encargará grandes cantidades. Además, Monsieur de Gramont está decidido a conseguirlo en cantidad suficiente para instalar en Bayona lo que llama una «chocolatería». Espero que el olor no os resulte desagradable, pero en caso de que os incomode…
— Abriría las ventanas, sencillamente. ¡No atormentéis al mariscal! De momento, os agradezco vuestro recibimiento, Monsieur Etcheverry, y desearía cambiarme de ropa para ir a presentarme a Sus Majestades…
— ¡Por supuesto! Cuando estéis preparada, un lacayo os acompañará. El rey se aloja en la casa Lohobiague, y la reina madre en la casa Haraneder, que son, claro está, las más bellas de la ciudad.
Una hora más tarde, ataviada con un vestido rameado negro de un diseño atrevido, pero que podía permitirse su silueta impecable, y un gran sombrero de terciopelo negro adornado con plumas blancas, Sylvie se disponía a salir de la casa Etcheverry en silla de manos cuando le llamó la atención la conducta de un mosquetero de buen aspecto al que creyó reconocer. Parecía interesarse por la vivienda del armador, pero actuaba con una torpeza extraña. En efecto, iba y venía nervioso, y sus miradas furtivas y sus suspiros resultaban muy poco discretos. Sin embargo no era ningún jovencito, sino aquel Monsieur de Saint-Mars que había ido a Fontsomme a llevar la orden del rey; rondaba probablemente los treinta años, y Sylvie sintió la tentación de preguntarle si podía hacer algo por él, pero temió ser indiscreta y siguió su camino.
Momentos después hacía su entrada en la espaciosa sala, inundada de sol, en la que la reina Ana tenía su corte, reducida en aquel momento a tan sólo dos personas: la inevitable Madame de Motteville, que era su confidente y su compañía más querida, y su sobrina Marie-Louise d'Orleans-Montpensier, a la que llamaban la Grande Mademoiselle desde que, durante la Fronda, había tenido la extraña idea de volver los cañones de la Bastilla contra las tropas reales que se disponían a tomar París.
