Aquello le había dado una especie de aureola guerrera, que alimentaba por el procedimiento de vestir siempre un traje de caza parecido, salvo en la falda, al de los hombres, y que le daba el aspecto de estar a punto de montar a caballo y salir al galope. Lo cual no le impedía lucir unas joyas de ensueño. -Era una mujer corpulenta de treinta y tres años, dotada de una buena salud evidente y porte majestuoso, pero de belleza mediana. Como era la mujer más rica de Francia -sus inmensas propiedades incluían, entre otros, los principados de Dombes y de La Roche-sur-Yon, los ducados de Montpensier y de Châtellerault, el condado de Eu, etc.-, había recibido numerosas peticiones de matrimonio, que no habían prosperado. Era tan virtuosa como una amazona de la antigüedad, y pretendía que el amor era «indigno de un alma bien formada»; en cuanto a sus aspiraciones personales, su intención era casarse con un rey, pero, poco sagaz para ver a través de las brumas del porvenir, había dejado escapar la corona inglesa al rechazar al joven Carlos II cuando estaba en el exilio. En realidad, a quien quería era a Luis XIV en persona, sin imaginar ni por un momento que tal vez a él no le agradara la idea. Mazarino había acabado con sus esperanzas, y de ahí su furia, sus connivencias con los príncipes rebeldes… y los cañones de la Bastilla, que le habían valido el exilio. Había vuelto a la gracia del rey tres años antes, pero tuvo que volverse a su castillo de Saint-Fargeau después de haber rechazado al rey de Portugal porque, pese a sus deseos de ser reina, se negaba a unir su vida a la de un paralítico que además estaba enajenado. Las bodas reales habían puesto fin a ese nuevo exilio, y Mademoiselle recuperaba en esa ocasión su lugar de honor en la familia.

Cuando Sylvie entró en la estancia, hablaba animadamente con la reina, pero al oír anunciar su nombre, volvió hacia la recién llegada un rostro afable.



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