
Aunque la cosa no quedaba ahí. En el Post trabajaba un periodista deportivo bastante conocido que se llamaba Charley Cray, un gacetillero de tres al cuarto cuya especialidad era la prensa amarilla deportiva. Suficientemente ingenioso para resultar creíble, Cray contaba con una legión de lectores gracias a que se refocilaba en los traspiés y en las debilidades de los deportistas profesionales que ganaban millones, pero que no eran perfectos. Creía saberlo todo y nunca desaprovechaba la oportunidad de lanzar un golpe bajo. La columna del martes, en la primera plana de la sección de deportes, empezaba con el siguiente titular: «¿Podría Dockery encabezar la lista del mayor asno de todos los tiempos?».
Conociendo a Cray, era evidente que Rick Dockery la encabezaba.
La columna, bien documentada y escrita sin piedad, se estructuraba alrededor de la opinión de Cray sobre los mayores pinchazos, cagadas y fracasos individuales de la historia deportiva. Se mencionaba el roletazo que se coló entre las piernas de Bill Buckner en las Series Mundiales de 1986, el pase de anotación que dejó caer Jackie Smith en la decimotercera edición de la Super Bowl, etcétera.
Sin embargo, tal como Cray anunciaba en grandes caracteres de imprenta a sus lectores, aquellas habían sido jugadas muy concretas. En cambio, el señor Dockery había conseguido realizar tres, sí, nada más y nada menos que tres pases nefastos en tan solo once minutos y, por lo tanto, Rick Dockery era incuestionablemente el peor atleta de toda la historia del deporte profesional. El veredicto era irrefutable y Cray retaba a cualquiera a que se lo discutiera.
