
Rick arrojó el periódico contra la pared y pidió otra pastilla. En la oscuridad, solo, con la puerta cerrada, esperó a que las drogas hicieran efecto, que lo noquearan limpiamente y, con un poco de suerte, que se lo llevaran para siempre.
Se hundió aún más en la cama, se cubrió la cabeza con la sábana y rompió a llorar.
2
Nevaba y Arnie estaba harto de Cleveland. Se encontraba en el aeropuerto, esperando el anuncio del vuelo a Las Vegas, y aun sabiendo que cometía un error, hizo una llamada a uno de esos directivos que apenas deciden nada de los Cardinals de Arizona.
En esos momentos, y sin incluir a Rick Dockery, Arnie llevaba a siete jugadores de la NFL y a cuatro en Canadá. Era, si pudiera obligársele a admitirlo, un agente del montón con grandes aspiraciones, y realizar llamadas en nombre de Rick Dockery no iba a beneficiar en nada su credibilidad. Posiblemente Rick era el jugador del que más se hablaba en el país en ese triste momento, pero lo que se decía de él no era lo que Arnie necesitaba. El directivo se mostró educado, pero fue muy breve, se notaba que tenía prisa por colgar el teléfono.
Arnie fue a un bar, pidió una copa y consiguió encontrar un sitio lejos de cualquier televisor, pues la única noticia que seguía animando las veladas de Cleveland eran las tres intercepciones de un quarterback que nadie sabía que estuviera en el equipo. La temporada de los Browns había ido sobre ruedas con una línea ofensiva a la que le faltaba fuelle, pero con una defensa durísima que había pulverizado récords en cuanto a la baja cesión de yardas y puntos al adversario. Solo habían perdido en una ocasión y cada victoria conseguía que una ciudad sedienta de trofeos se enamorara cada vez más de sus viejos y amados perdedores. De repente, y en una sola temporada, los Browns eran los que mandaban.
