Si hubieran ganado el domingo anterior, su siguiente rival en la Super Bowl habría sido los Vikings de Minnesota, un equipo al que habían vencido y enviado a casita en noviembre.

Toda la ciudad empezaba a saborear la dulce victoria de un campeonato, pero todo se había esfumado en once catastróficos minutos.

Arnie pidió un segundo trago. Dos viajantes estaban emborrachándose en la mesa de al lado, recreándose en el pinchazo de los Browns. Eran de Detroit.

La noticia del día había sido el despido del director técnico de los Browns, Clyde Wacker, un hombre que había sido aclamado como un genio no hacía ni una semana, el sábado anterior, y que ahora se había convertido en la cabeza de turco perfecta. Había que despedir a alguien, y no solo a Rick Dockery. Cuando acabó por descubrirse que había sido Wacker quien había fichado a Dockery de la lista de «disponibles» el octubre anterior, el dueño lo echó a la calle. La ejecución fue pública: una gran conferencia de prensa, ceños fruncidos, promesas varias de mejorar la eficiencia, etcétera. ¡Los Browns volverían a la carga!

Arnie había conocido a Rick cuando este cursaba el último año de universidad en Iowa, al final de una temporada que había empezado con mucha expectación, pero que estaba desvayéndose en un juego de tercera regional. Rick había jugado como quarterback titular las dos últimas temporadas y parecía tener aptitudes para un juego de ataque abierto muy poco habitual entre los Diez Grandes. Había momentos en que destacaba: se anticipaba a la defensa, decidía la jugada con sangre fría y lanzaba la pelota a una velocidad vertiginosa. Tenía un brazo increíble, sin duda el mejor del draft que había de celebrarse, y lanzaba lejos y con fuerza, además de soltar el balón a la velocidad del rayo, pero era demasiado irregular para poder confiar en él. Cuando Buffalo lo escogió en la última ronda, aquello debería haberle servido de clara señal para que se dedicaran estudiar un posgrado o a sacarse una licencia de corredor de Bolsa.



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