Volvió a la carta.

«Tengo un problema», pensó. Pero todavía no estaba seguro de lo grave que era.

Era consciente de que había recibido una amenaza terrible, pero los parámetros seguían sin estar claros. Una parte de él le decía que no prestara atención a la carta, que se negara a participar en algo que no se parecía en nada a un juego. Resopló una vez y dejó que este pensamiento aflorara. Toda su formación y experiencia sugerían que lo más razonable era no hacer nada. Después de todo, el analista suele encontrarse con que guardar silencio y no contestar al comportamiento provocador y escandaloso de un paciente es la forma más inteligente de llegar a la verdad psicológica de esos actos. Se levantó y rodeó dos veces la mesa, como un perro que husmea un olor inusual.

A la segunda, se detuvo y observó de nuevo la carta.

Sacudió la cabeza. Comprendió que eso no resultaría. Sintió una fugaz admiración por la sutileza del autor. Ricky pensó que probablemente habría recibido una amenaza directa como «Voy a matarte» con un desapego cercano al aburrimiento. Después de todo, había vivido mucho y bastante bien, así que una amenaza de esa índole no significaba gran cosa. Pero no se enfrentaba sólo a eso. La amenaza no se dirigía sólo a él. Estaba previsto que otra persona sufriera si él no hacia nada. Alguien inocente, y seguramente joven, porque los jóvenes son mucho más vulnerables.

Ricky tragó saliva. Se culparía a si mismo, y el resto de sus días se convertirían en una verdadera agonía.

En eso el autor tenía toda la razón.



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