Trató de convencerse, empáticamente, de que Rumplestiltskin en realidad le estaba pidiendo ayuda. Luego, casi con la misma rapidez, descartó este pensamiento inconsistente. Con la libreta de direcciones en la mano pensó en el personaje del cuento de hadas cuyo nombre utilizaba el autor de la carta. Cruel, penso. Un enano mágico con el corazón tenebroso que no es superado en inteligencia, sino que pierde su contienda por pura mala suerte. Esta observación no lo hizo sentir mejor.

La carta parecía brillar en la mesa, delante de él.

Asintió lentamente.

«Te dice mucho -pensó-. Mezcla las palabras de la carta con lo que su autor ya ha hecho y probablemente estarás a medio camino de averiguar quién es.»

Así que abrió la libreta de direcciones para buscar el número del primer familiar de los cincuenta y dos de la lista. Hizo una mueca y empezó a marcar los números de teléfono. En la última década había tenido poco contacto con sus familiares y sospechaba que ninguno de ellos tendría demasiadas ganas de tener noticias suyas. En especial, dado el cariz de la llamada.

2

Ricky Starks se mostró muy poco apto para sonsacar información a familiares que se sorprendían al oír su voz. Estaba acostumbrado a interiorizar todo lo que oía a los pacientes en la consulta y a conservar el control de todas las observaciones e interpretaciones.

Pero al marcar un número tras otro se encontró en territorio desconocido e incómodo, incapaz de concebir un guión verbal que pudiera seguir, algún saludo estereotipado seguido de una breve explicación del motivo de su llamada. En lugar de eso, sólo oía vacilación e indecisión en su voz cuando se atascaba con saludos trillados e intentaba obtener una respuesta a la pregunta más idiota:

«¿Te ha ocurrido algo extraño?».

Por consiguiente, aquel atardecer estuvo lleno de conversaciones telefónicas de lo más irritantes.



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