
Ya casi eran las diez de la noche, la hora en que se acostaba, y todavía le quedaban más de dos docenas de nombres en la lista.
Hasta entonces no había conseguido detectar nada lo bastante fuera de lo corriente como para que mereciera investigar mas.
Pero a la vez dudaba de su habilidad para preguntar. La extraña vaguedad de la carta de Rumplestiltskin le hacía temer que la conexión se le hubiera pasado por alto. Y también era posible que, en cualquiera de las breves conversaciones que había mantenido esa tarde, la persona con que el autor de la carta se había puesto en contacto no hubiera contado la verdad a Ricky. Por lo demás, había habido unas cuantas llamadas frustrantes sin contestar, y en tres ocasiones tuvo que dejar un mensaje forzado y críptico en un contestador automático.
Se negaba a creer que la carta recibida ese día fuese una mera broma pesada, aunque eso habría estado bien. La espalda se le había entumecido. No había comido y estaba hambriento. Tenía dolor de cabeza. Se mesó el cabello y se frotó los ojos antes de marcar el número siguiente, sintiendo una especie de agotamiento que le martilleaba las sienes. Consideró que el dolor de cabeza era una pequeña penitencia por la conclusión a la que estaba llegando: estaba aislado y distanciado de la mayoría de sus familiares.
