
– Alguien la siguió… -empezó a contar el chico, pero se detuvo-. Mejor voy a buscar a mi padre -añadió con energía.
Ricky oyó el ruido del auricular al dejarlo sobre la mesa, y voces apagadas de fondo.
Enseguida recogieron el auricular y Ricky oyó una voz que sonaba como la del adolescente, sólo que con mayor cansancio. Al mismo tiempo, contenía una urgencia agobiada, como si su dueño estuviera presionado o lo hubieran pillado en un momento de indecisión. A Ricky le gustaba considerarse un experto en voces, en la inflexión y el tono, en la elección de palabras y el ritmo, todas señales reveladoras de lo que se ocultaba en ellas. El padre del adolescente habló sin preámbulos.
– ¿Tío Frederick? Es una sorpresa oírte, y estoy en medio de una pequeña crisis familiar, así que espero que sea algo verdaderamente importante. ¿Qué puedo hacer por ti?
– Hola, Tim. Perdona que llame así, de improviso…
– Tim me ha dicho que tienes problemas con un paciente…
– En cierto sentido. Hoy he recibido una carta amenazadora de alguien que podría ser un antiguo paciente. Está dirigida a mi, pero también indica que su autor podría ponerse en contacto con uno de mis parientes. He estado llamando a la familia para alertaros y para averiguar si ha ocurrido algo.
Se produjo un silencio frío y sepulcral que duró casi un minuto.
– ¿Qué clase de paciente? -soltó de golpe Tim padre, haciéndose eco de la pregunta de su hijo-. ¿Se trata de alguien peligroso?
– No sé quién es exactamente. La carta no está firmada. Estoy suponiendo que es un ex paciente pero no lo sé con certeza. De hecho, podría no serlo. Lo cierto es que todavía no sé nada seguro.
