– Eso suena vago. Extremadamente vago.

– Es verdad. Lo siento.

– ¿Crees que la amenaza es real?

Ricky advirtió el tono duro y áspero que envolvió la voz de su sobrino.

– No lo sé. Es evidente que me preocupó lo suficiente como para hacer algunas llamadas.

– ¿Has llamado a la policía?

– No. Que me envíen una carta no parece algo ilegal, ¿verdad?

– Es justamente lo que acaban de decirme esos cabrones.

– ¿A qué te refieres?

– La policía. Llamé a la policía y han venido a decirme que no pueden hacer nada.

– ¿Por qué los llamaste?

Timothy Graham no contestó enseguida. Pareció inspirar hondo pero, en lugar de tranquilizarse, fue como si liberara un arrebato de rabia contenida.

– Ha sido asqueroso. Un chalado de mierda. Un hijo de puta repugnante. Si alguna vez le pongo las manos encima, lo mato. Lo mato con mis propias manos. ¿Es un chalado de mierda tu ex paciente, tío Frederick?

El repentino arranque de cólera sorprendió a Ricky. Parecía absolutamente impropio de un profesor de historia de un instituto privado, exclusivo y conservador. Ricky esperó, al principio un poco inseguro de cómo contestar.

– No lo sé -dijo-. Cuéntame qué ha pasado que te ha disgustado tanto.

Tim vaciló otra vez mientras inspiraba hondo, y el sonido recordó el siseo de una serpiente al otro lado de la línea.

– El día de su cumpleaños, si te lo puedes creer. El día que cumple catorce años ni más ni menos. Es asqueroso…

Ricky se puso tenso en su asiento. Algo le estalló de repente en la cabeza, como una revelación. Debería haber visto la conexión de inmediato. De todos sus parientes, uno cumplía años, por pura coincidencia, el mismo día que él. La niña cuya cara le costaba tanto recordar y a la que sólo había visto una vez, en un entierro.

«Ésta debería haber sido tu primera llamada», se recriminó.



19 из 476