
Era la señal establecida de que había llegado un posible paciente. Antes de su primera sesión, se informaba a cada cliente nuevo de que, al entrar, debía hacer dos llamadas cortas, una tras otra, seguidas de una tercera, más larga. Eso era para diferenciarlo de cualquier vendedor, lector de contador, vecino o repartidor que pudiera llegar a su puerta.
Sin cambiar de postura, echó un vistazo a su agenda, junto al reloj que tenía en la mesita situada tras la cabeza del paciente, fuera de la vista de éste. A las seis de la tarde no había ninguna anotación. El reloj marcaba las seis menos doce minutos, y Roger Zimmerman pareció ponerse tenso en el diván.
– Creía que todos los días yo era el último.
No contestó.
– Nunca ha venido nadie después de mí, por lo menos que yo recuerde -añadió Zimmerman-. Jamás. ¿Ha cambiado las horas sin decírmelo?
Siguió sin responder.
– No me gusta la idea de que venga alguien después de mi -espetó Zimmerman-. Quiero ser el último.
– ¿Por qué cree que lo prefiere así? -le preguntó por fin.
– A su manera, el último es igual que el primero -contestó Zimmerman con una dureza que implicaba que cualquier idiota se daría cuenta de eso.
Asintió. Zimmerman acababa de hacer una observación fascinante y acertada. Pero como era propio del pobre hombre, la había hecho en el último momento de la sesión. No al principio, cuando podrían haber mantenido un diálogo fructífero los cincuenta minutos restantes.
