
Pero no permitió que nada de eso le asomara a la voz.
– ¿Qué pasó? -preguntó sin rodeos.
– Alguien le dejó una felicitación en la taquilla del colegio. Ya sabes, una de esas bonitas tarjetas sensibleras y nada originales, de tamaño gigante, que venden en cualquier centro comercial. Todavía no entiendo cómo ese cabrón pudo entrar y abrir la taquilla sin que nadie lo viera. ¿Qué coño pasó con la vigilancia? Increíble. El caso es que, cuando Mindy llegó al colegio, se encontró la tarjeta, creyó que era de alguno de sus amigos y la abrió. ¿Y sabes qué? Estaba llena de pornografía asquerosa. Pomo a todo color que no deja nada a la imaginación. Fotos de mujeres atadas con cuerdas, cadenas y cueros, y penetradas de todas las formas imaginables con todos los objetos posibles. Pomo duro, triple equis.
Y ese bastardo escribió en la tarjeta: «Esto es lo que te voy a hacer en cuanto te pille sola».
Ricky se movió incómodo en el asiento.
«Rumplestiltskin», pensó, y preguntó:
– ¿Y la policía? ¿Qué te ha dicho?
Timothy Graham soltó un resoplido de desdén que Ricky imaginó que habría usado con los alumnos vagos durante años y que debía de paralizarlos de miedo pero que, en este contexto, más bien reflejaba impotencia y frustración.
– La policía local es idiota -dijo con energía-. Idiota de remate. Me han dicho tan tranquilos que, a no ser que haya pruebas de peso y creíbles de que alguien está acosando a Mindy, no pueden hacer nada. Quieren alguna clase de acto manifiesto. Dicho de otro modo, tienen que atacarla primero. Idiotas. Creen que la tarjeta y su contenido son una broma probablemente de alumnos de los últimos cursos. Tal vez de alguien al que puse mala nota el trimestre pasado. Por supuesto no deja de ser una posibilidad, pero… -El profesor de historia se detuvo-. ¿Por qué no me hablas de tu antiguo paciente? ¿Es un obseso sexual?
– No -aseguró Ricky tras vacilar-. En absoluto. No parece cosa suya. Es inofensivo, de verdad. Sólo irritante.
