
Ricky sintió una sed repentina, como si tuviera la garganta reseca.
Se percató de que no sabía casi nada sobre el crimen y los criminales. No tenía ninguna experiencia especial en violencia. Lo cierto era que le interesaba poco ese campo. No creía conocer siquiera a ningún psiquiatra forense. Ninguno figuraba en el reducidísimo circulo de amigos y conocidos profesionales con que se mantenía de vez en cuando en contacto.
Miró los libros que ocupaban los estantes. Ahí estaba Krafft-Ebing, con su influyente obra sobre psicopatología sexual. Pero eso era todo, y dudaba mucho que Rumplestiltskin fuera un psicópata sexual, a pesar del mensaje pornográfico enviado a la hija de su sobrino.
– ¿Quién eres? -dijo en voz alta, y sacudió la cabeza-. No -se corrigió-. En primer lugar, ¿qué eres?
Y se respondió que, si conseguía contestar a eso, descubriría quien era.
«Puedo hacerlo» -pensó, tratando de fortalecer su confianza-.
Mañana me sentaré y me esforzaré en preparar una lista de antiguos pacientes. Los dividiré en categorías que representen todas las fases de mi vida profesional. Después empezaré a investigar.
«Encontraré el fracaso que me conectará con Rumplestiltskin.»
Agotado y en absoluto seguro de haber logrado nada, Ricky salió de la consulta y se dirigió a su habitación. Era un dormitorio sencillo y austero, con una mesilla de noche, una cómoda, un modesto armario y una cama individual. Antes había habido una cama de matrimonio con una cabecera elaborada y cuadros de colores muy vistosos en las paredes pero, tras la muerte de su esposa, se había desprendido de la cama y elegido algo más simple y estrecho.
