Los adornos y obras de arte alegres con que su mujer había decorado la habitación también habían desaparecido en su mayoría. Había dado su ropa a la beneficencia y enviado sus joyas y objetos personales a las tres hijas de su cuñada. En la cómoda conservaba una fotografía de los dos tomada quince años atrás delante de su casa de verano de Wellfleet una mañana clara y azul de verano. Pero desde su muerte había borrado de modo sistemático la mayoría de signos externos de su anterior presencia. Una muerte lenta y dolorosa seguida de tres años de borradura.

Se quitó la ropa, entreteniéndose en doblar con cuidado los pantalones y en colgar la chaqueta azul. La camisa fue a parar a la cesta de la ropa sucia. Dejó la corbata en la superficie de la cómoda. Luego se dejó caer en el borde de la cama en ropa interior, pensando que le gustaría tener más energía. En el cajón de la mesilla tenía un frasco de somníferos que rara vez tomaba. Habían superado con creces su fecha de caducidad, pero supuso que todavía le harían efecto esa noche. Se tragó uno y un pedacito de otro con la esperanza de que lo sumieran pronto en un sueño profundo e insensibilizante.

Se sentó un instante, pasó la mano por las ásperas sábanas de algodón y pensó que era una extraña paradoja que un analista se enfrentase a la noche deseando desesperadamente que los sueños no perturbaran su descanso. Los sueños eran acertijos inconscientes e importantes que reflejaban el alma. Lo sabía, y solían ser vías que le gustaba recorrer. Pero esa noche se sentía abrumado y se acostó mareado, con el pulso aún acelerado, y ansioso de que la medicación lo sumiera en la oscuridad. Del todo agotado por el impacto de aquella carta amenazadora, en ese momento se sintió mucho más viejo que los cincuenta y tres años que había cumplido.

Su primera paciente de ese último día antes de sus proyectadas vacaciones de agosto llegó puntualmente a las siete de la mañana e indicó su presencia con las tres llamadas características del timbre de su consulta.



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