
Le pareció que la sesión había ido bien. Nada apasionante, nada dramático. Cierto progreso constante. La joven del diván era una asistente social psiquiátrica de tercer año que quería obtener su titulación en psicoanálisis sin pasar por la facultad de medicina. No era el camino mejor ni el más fácil para convertirse en analista, y estaba muy mal visto por algunos de sus colegas porque no incluía la titulación médica tradicional, pero constituía un método que él siempre había admirado. Requería una verdadera pasión por la profesión, una devoción inquebrantable al diván y lo que podía lograr. A menudo Ricky reconocía que hacia años que no había tenido que recurrir al «doctor» que precedía su nombre. La terapia de la joven se centraba en unos padres agresivos que habían rodeado su infancia de un ambiente cargado de logros pero falto de cariño. Por consiguiente, en sus sesiones con Ricky solía estar impaciente, ansiosa por lograr percepciones que encajaran con sus lecturas y trabajo del curso en el Instituto de Psicoanálisis de la ciudad. Ricky no dejaba de frenarla y de procurar que entendiese que conocer los hechos no implica necesariamente comprenderlos.
Cuando tosió un poco, cambió de postura en el asiento y dijo:
– Bueno, me temo que ya se ha acabado el tiempo por hoy.
La joven, que había estado hablando sobre un nuevo novio de dudosas posibilidades, suspiró.
– Bueno, veremos si sigue conmigo de aquí a un mes…
Lo que hizo sonreír a Ricky.
La paciente se incorporó del diván y, antes de marcharse con brío, se despidió:
– Que le vayan bien las vacaciones, doctor. Nos veremos en septiembre.
Todo el día pareció transcurrir con la normalidad de siempre.
Recibió un paciente tras otro, sin demasiada aventura emocional. En su mayoría eran veteranos de la época de vacaciones y más de una vez sospechó que, de modo inconsciente, consideraban mejor no revelar sentimientos cuyo examen iba a demorarse un mes.