
Y díjeme a mí mismo: «No me engaño,
esta ciudad es Nápoles la ilustre,
que yo gocé sus hembras más de un año».
Aquella mañana, cuando llegamos ante la posada donde vivía el capitán, cargados con nuestros sacos de soldados y abriéndonos paso entre la gente que atestaba las calles abigarradas del cuartel español, un hombre que aguardaba apoyado en la pared frontera se apartó de ella y vino hacia nosotros. Vestía de negro, como abogado o funcionario, no ceñía espada y se cubría con sombrero de ala corta. Su aspecto recordaba a esos cuervos siniestros a los que sueles encontrar junto a jueces e inquisidores, escribiendo renglones que no tardarán en complicarte la vida. Entre las primeras cosas que yo había aprendido junto al capitán, bien a mi costa, se contaba recelar menos de quienes se limpian las uñas con cuchillos de diversas hechuras -unos para cortar bolsas, otros para matar puercos y otros para matar a personas- que de esa ralea vestida de negro, hábil en cebar horcas, cárceles y cementerios con una pluma de ave, un tintero y unas resmas de papel.
– ¿Es vuestra merced Diego Alatriste?
Su acento era buen español, sin rastro de italiano. Lo miramos con la natural desconfianza, sin dejar de mascar los trozos de escamoza que habíamos comprado a un quesero por el camino. Una cosa era que un camarada te diese la bienvenida al bajar de la galera, señalando alegre la puerta de una taberna, y otra bien distinta encontrar a un pájaro de mala sombra pronunciando tu nombre y apellido. Observé que el capitán se ponía tenso y dejaba el petate en el suelo, mientras sus ojos glaucos recorrían al individuo de arriba abajo.
– ¿Y qué, si lo soy?
– Tengo instrucciones para conduciros conmigo.
