Bajo el ala ancha del chapeo que le ensombrecía el rostro aguileño, tostado por el sol griego, vi endurecerse los rasgos de mi antiguo amo. Su mano izquierda fue a apoyarse, como al descuido, en el pomo de la toledana que llevaba al cinto.

– ¿A dónde?

Me miró el individuo, dubitativo, mientras yo consideraba todo aquello rápidamente. Acabé descartando un mal paso que tuviese como próxima etapa la cárcel de Santiago o la Vicaría. Nadie que conociese el nombre de Diego Alatriste -y por consiguiente la reputación que lo sostenía- iba a encargar a un solo hombre que lo llevase allí donde no quisiera ir. Para esos lances solían mandarle los corchetes de seis en seis, armados con más hierro que Vizcaya.

– Es asunto particular -dijo-. Y sólo concierne a vuestra merced.

– ¿A dónde? -repitió el capitán, impasible.

Un silencio. El hombre vestido de negro ya no parecía tan seguro de sí. Me dirigió otro vistazo rápido antes de encarar de nuevo los ojos fríos que lo observaban bajo el ala ancha del sombrero.

– A Piedegruta… Alguien desea veros.

– ¿Es asunto oficial?

– Podría serlo.

Con estas últimas palabras sacó un papel doblado y lacrado del bolsillo y se lo entregó al capitán. Rompió éste el sello, echó un vistazo, y yo, que me había apartado ligeramente por no parecer indiscreto -aunque me quemaba en ganas de meter el hocico-, lo vi pasarse dos dedos por el mostacho. Al cabo dobló el papel, se lo guardó en la faltriquera y estuvo pensativo un instante. Luego se volvió hacia mí.

– Te veré luego, Íñigo.

Asentí, desilusionado. Le conocía el tono y no hubo más que decir. Despidiéndome con un gesto, seguí camino petate al hombro, cuesta arriba, rumbo a Monte Calvario; en cuyo barracón militar, junto a Jaime Correas y otros camaradas, se alojaba también Aixa Ben Gurriat, al que todos llamábamos moro Gurriato: el mogataz azuago que se había alistado en la infantería española tras la cabalgada de Oran.



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