El acusado en la causa criminal número 1 había sido informado de que a las diez mantendría una entrevista preliminar con el fiscal general Solinsky. Stoyo Petkanov, pues, estaba ya despierto a las seis, ultimando su táctica y sus reclamaciones. Era importante no perder la iniciativa en ningún momento.

Como la primera mañana de su confinamiento, por ejemplo. Tras arrestarle, contra toda legalidad, sin formular ningún cargo, le condujeron a la Oficina de Seguridad del Estado, rebautizada ahora con un nombre burgués. Un maduro oficial del ejército le mostró una cama y una mesa de despacho, le hizo notar la línea blanca semicircular trazada en el suelo, ante la ventana, y luego le entregó unos confetis; eso fue, por lo menos, lo que le parecieron, así que los trató como a tales.

– ¿Qué es esto? -preguntó al tiempo que arrojaba los papeles de colorines sobre la mesa.

– Son sus cupones de racionamiento.

– ¿Quiere decir que van a ser tan amables de permitirme salir y hacer cola?

– El fiscal general Solinsky ha decidido que, puesto que ahora es usted un ciudadano corriente, es lógico que le afecten también las medidas temporales de austeridad impuestas a los demás ciudadanos corrientes.

– Entiendo… Y ¿qué debo hacer exactamente? -preguntó Petkanov, afectando una sumisión senil-. ¿Qué se me permite?

– Aquí tiene sus cupones para queso fresco; éstos son para queso curado, y estos otros para harina -empezó a explicarle el oficial, pasando servicialmente las diferentes hojas-, mantequilla, pan, huevos, carne, aceite para cocinar, jabón en polvo, gasolina…

– No necesitaré gasolina, imagino… -Petkanov esbozó una insinuante sonrisa de complicidad-, ¿Tal vez podría usted…?



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