
Solinsky había ido con frecuencia a visitar la estatua de niño, cuando su padre tenía vara alta en el régimen. Era en aquel entonces un chiquillo muy formal, algo regordete en su flamante uniforme de pionero rojo, al que emocionaban siempre las ceremonias del Día de la Liberación, el Aniversario de la Revolución de Octubre o del Día del Ejército Soviético. La banda militar, con sus instrumentos más brillantes aún que la bayoneta de bronce apuntada al cielo, desgranaba su fúnebre música. El embajador de la URSS y el comandante de las fraternas tropas soviéticas depositaban coronas grandes como neumáticos de tractor, y lo hacían a continuación el presidente de la República y el jefe de las Fuerzas Patrióticas de Defensa. Luego, los cuatro retrocedían al mismo tiempo, en apretada línea, con cierta torpeza, como temiendo encontrarse un inesperado escalón a sus espaldas. Cada año Peter se había sentido halagado y un poco más adulto; cada año había creído con mayor convencimiento en la solidaridad entre las naciones socialistas, en su progreso, en su científicamente inevitable victoria.
Hasta hacía pocos años era frecuente que las parejas de recién casados fueran en peregrinación a Alyosha, como lo llamaban, el día de su boda; permanecían un rato de pie bajo el monumento, derramando lágrimas y rosas, emocionados por la profunda conexión momentánea entre lo personal y lo histórico. En los últimos tiempos esta costumbre se había perdido y, salvo en los días concretos de las solemnidades, los únicos visitantes del monumento eran turistas rusos. Tal vez, cuando depositaban unas pocas flores ante el pedestal, se sentían virtuosos al imaginarse la gratitud de las naciones liberadas.
La luz del alba y la del atardecer iluminaban para la ciudad el distante Alyosha. A Peter Solinsky le agradaba sentarse ante su pequeño escritorio junto a la ventana y aguardar hasta vislumbrar el centelleo de la luz en la bayoneta del soldado. Levantaba entonces la vista y pensaba: «Ésa es el arma que mi país ha tenido clavada en sus entrañas durante casi cincuenta años.» Ahora su misión era contribuir a arrancarla.
