Podían verse algunos abrigos de piel sintética, pero la mayoría de las manifestantes se habían ataviado según las instrucciones; más exactamente, no se habían ataviado: parecían recién salidas de la cocina. Delantales sobre un vestido de tela basta estampada, y un grueso suéter encima, el mismo que llevaban para no aterirse en sus apartamentos sin calefacción, y que ahora las protegía del intenso frío reinante en la plaza de la catedral. Y en el bolsón del delantal, o en el bolsillo del abrigo si iban más arregladas, llevaban todas algún utensilio de cocina de tamaño considerable: un cazo de aluminio, un cucharón de madera, un afilador, o incluso, por si las circunstancias llegaran a exigir algún gesto amenazador, un pesado tenedor de trinchar.

La manifestación comenzó a las seis de la tarde, hora en que tradicionalmente las mujeres se hallaban en la cocina preparando la cena, por más que, últimamente, esta palabra, que designaba la principal comida del día, había pasado a significar un simple guiso caliente, entre caldo y estofado, a base de un par de nabos, un cuello de gallina -si era posible encontrarlo-, unas pocas hojas de verdura, agua y pan duro. Pero esa noche no iban a remover aquel mísero condumio con los cazos y cucharones que llevaban en los bolsillos. Esa noche sacaron sus utensilios y comenzaron a agitarlos en el aire, como saludándose unas a otras con una excitación algo tímida al principio. Hasta que se lanzaron.

Cuando las organizadoras, un grupito de seis mujeres del polígono de la Metalurgia (bloque 328, escalera 4), dejaron atrás el empedrado de la plaza y dieron los primeros pasos por el bulevar, en cuyo asfalto liso relucían con brillo de antracita las cuatro líneas paralelas de los tranvías, se escuchó el primer golpe de un cucharón de aluminio contra un cazo.



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