Durante unos instantes, mientras otras iban sumándose con respetuosa timidez, el ruido mantuvo un compás lento, pausado, como una irreal marcha fúnebre culinaria. Pero cuando el grueso de las manifestantes respondió a aquella invitación, los primeros momentos de solemne orden desaparecieron, y los intervalos de silencio se llenaron con el sonido de nuevos golpes dados por las mujeres que venían detrás, hasta que los aledaños de la catedral, a la que ahora acudían abiertamente los fieles para encontrarse con Dios en silenciosa plegaria, se vieron invadidos por aquel apremiante estruendo doméstico.

Quienes participaban en la manifestación podían distinguir, gracias a la cercanía, las diferentes notas que sonaban: el débil y amortiguado chasquido del aluminio contra el aluminio; el timbre, más agudo y marcial, de la madera contra el aluminio; el sorprendentemente alegre tañido de la madera contra el hierro, que parecía llamar a fajina, y el pesado repiqueteo, como de martillo neumático, del aluminio al golpear contra el hierro. Aumentaba el estrépito a medida que se incorporaban a él más mujeres: un guirigay que nadie en la ciudad había oído antes y que resultaba aún más impresionante por su singularidad y su falta de ritmo: era machacón, opresivo, más hiriente que un grito de dolor. En la primera esquina, un grupo de muchachos, con el antebrazo levantado en un gesto obsceno, prorrumpieron en insultos al paso de las mujeres, pero el fragor hizo que todo lo que consiguieran fuera boquear en vano, sin que sus insultos llegaran más allá del amarillento círculo de luz de la farola a cuyo pie se hallaban.

Las organizadoras habían confiado en congregar a lo sumo unos cuantos centenares de mujeres del polígono de la Metalurgia.



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