— Monseñor -rugió Beaufort-, me hacéis lamentar haber venido a pediros justicia. Si hubiera ido directamente a su mansión a degollarle en una noche oscura, nunca habríais imaginado quién era el culpable.

— ¡No estéis tan seguro! Siempre averiguo lo que deseo saber, y muerto Laffemas, me quedaría Laubardemont, que es un hombre temible. Vuestra hazaña de La Ferrière ha tenido muchos testigos: él habría pasado el peine a todos los campesinos para conocer la verdad, yos habría encontrado sin demasiado trabajo. Entonces habríais sentido el peso de mi cólera, por muy príncipe que seáis. De modo que habéis obrado con más prudencia de lo que imagináis.

Para escapar a la terrible mirada que parecía querer escudriñar hasta el fondo de su alma, el joven duque apartó los ojos y se debatió interiormente: jurar que no iba a estrangular a aquel miserable en la primera ocasión, era pedirle demasiado. ¿Cómo contener las fuerzas violentas que lo embargaban? ¿Podría tener paciencia para esperar aún… unos años? Pero Richelieu leía en él como en un libro abierto.

— Mi salud sigue siendo precaria -dijo con una media sonrisa-. Probablemente no sea tanto tiempo como teméis…

— Ni por asomo se me había ocurrido esa idea, Eminencia.

— Sois un hombre de honor. ¡Por eso quiero vuestra palabra!

Beaufort le miró a los ojos:

— No tengo elección. ¡Os doy mi palabra de gentilhombre y de príncipe francés!

Enseguida, con un saludo que nada tenía de protocolario, giró sobre los talones y salió a toda prisa con una sensación que no conocía aún: la de derrota. Se sentía vencido por el juramento que le había sido arrancado, y que jamás habría prestado si únicamente le afectara a él. Pero ¿podía arriesgar la libertad, la vida incluso, de los suyos, de todos los de su casa? Con todo, lo más duro era tal vez la vaga impresión que se llevaba consigo: a Richelieu no le había contrariado el anuncio de la muerte de Sylvie. Ya no tendría que preocuparse más por uno de los testigos del secreto del nacimiento del delfín…



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